Décimas pá no estar solo
De noche suena ligero
como fuga pasajera
palomita mensajera
con sonido de jilguero
llévate a este mensajero
y toca mi alma corazón
poniendo a flote la emoción
suéltale cuerpo un suspiro
vida dale un nuevo giro
bésame, alma de saxofón
De noche fueron tus ojos
ese universo y destino
la suerte tuvo su tino
y bajó hasta tus hinojos
se disipan los enojos
descarga cuerpo la pasión
suspiro, pierdo la razón
tus manos me evocan suerte
remedio para la muerte
bésame, alma de saxofón
Décimas pa no estar solo
pa´ recordar tus besitos
y perderme en tus ojitos
no se lo digo con dolo
no tengo nada pal bolo
lamento, voz de ese acordeón
el problema es de afinación
la voz se corta si canto
muda se quedó de espanto
bésame, alma de saxofón
Era mi día de suerte
te cruzaste por mi vida
me lamí bien esa herida
la conmoción era fuerte
entonces quise tenerte
me convertí en resignación
entre sábanas buscaba
ese aroma que me ataba
y en la espera, la emoción, sí
tócame alma de saxofón.
Luis "Torito" Curiel
como fuga pasajera
palomita mensajera
con sonido de jilguero
llévate a este mensajero
y toca mi alma corazón
poniendo a flote la emoción
suéltale cuerpo un suspiro
vida dale un nuevo giro
bésame, alma de saxofón
De noche fueron tus ojos
ese universo y destino
la suerte tuvo su tino
y bajó hasta tus hinojos
se disipan los enojos
descarga cuerpo la pasión
suspiro, pierdo la razón
tus manos me evocan suerte
remedio para la muerte
bésame, alma de saxofón
Décimas pa no estar solo
pa´ recordar tus besitos
y perderme en tus ojitos
no se lo digo con dolo
no tengo nada pal bolo
lamento, voz de ese acordeón
el problema es de afinación
la voz se corta si canto
muda se quedó de espanto
bésame, alma de saxofón
Era mi día de suerte
te cruzaste por mi vida
me lamí bien esa herida
la conmoción era fuerte
entonces quise tenerte
me convertí en resignación
entre sábanas buscaba
ese aroma que me ataba
y en la espera, la emoción, sí
tócame alma de saxofón.
Luis "Torito" Curiel
"Camposanto.
Silencio por descifrar la vida.
Viento resonando en murmullo melancolía,
como aquel beso eterno, imposible de arrancar"
Sibila.
“Por qué”
La cantaba mi abuela, la canta mi madre de una bellísima manera. Esta canción fue llenando de luz los rincones del tiempo, las reuniones familiares, de amigos, de alcohol y amaneceres. Supe que la grabaría cuando en mi estudio y en mi soledad, resonaron en infinito las cuerdas del piano en simpatía con mi saxofón. (Técnicamente, se mantiene el pedal sustain del piano. Esto permite que las cuerdas queden suspendidas en el aire y al recibir las ondas sonoras del saxofón, vibren en perfecta armonía. Por ello se dice que vibran en simpatía…en un solo abrazo). Entendí de inmediato que las manos y magia que rebasarían mi felicidad, tendrían que ser las de Héctor Infanzón y el hermosísimo piano que abarca prácticamente toda su habitación. De inmediato accedió y se dejó llevar por mi necedad de ser. Resultaría imposible poner en letras y palabras la admiración que tengo por él. Senderos y encrucijadas de tantos años. Pero es hasta ahora que coincidimos en un mismo camino pintado de armonía y respeto, de escuchar, callar, perder y encontrar. En esta grabación aprendí a enfrentar a mis propios demonios llenándolos de besos y cantos, a danzar con ellos sin ritmo ni pausa. Estaba simplemente frente a tantos sonidos encontrando en el silencio una razón más para existir. La introducción evoca el respiro profundo que esconde el infinito interior, después deshojamos el tema, nos extraviamos en una improvisación que nos llevó a conocer la ternura del otro, cerramos en círculo al terminar en el punto exacto del comienzo. Nos extraviamos al explorar nuestros secretos y al ser cómplices de la ausencia que fue dejando aquel mes de enero.
“Muy a mi pesar”
Terminaba de grabar el programa de Armando Manzanero en el canal 22, cuando me acerqué al maestro para expresarle mi deseo de incorporar uno de sus temas en mi disco. Tenía pensado grabar “El Ciego”, tema que me ha acompañado desde siempre en mis primeros solos de saxofón. Le pregunté los procedimientos para entender los derechos de autor, me contestó que sólo tenía que grabarlo, nada más…entonces vino un silencio y luego la magia: me dijo en su hermoso tono yucateco que tenía un tema inédito y que le podría quedar muy bien al saxofón soprano, preguntó si lo quería, la respuesta era evidente. Claro que lo quise y cada vez lo quise más. Perseguí a sus asistentes por más de dos semanas hasta que recibí un caset con el maestro al piano tarareando la melodía. Nunca supe lo que el texto decía, pero los sonidos me fueron suficientes. Entonces pensé en los amigos músicos: Rosino Serrano, haría arreglo y piano, Álvaro Bitrán desgarraría la profundidad con su chelo. El resto del camino trazado para llegar al punto de la grabación, fue un laberinto interminable difícil de transcribir. En varios momentos estuvo a punto de perderse la energía vital que había dado vida a este impulso. Los tiempos no coincidían, las ganas se revertían, las distancias eran abismales y los tiempos para ensamblarnos simplemente no existían…una profunda enseñanza de paciencia y coherencia…un día acaricié la posibilidad de cancelar esta pieza y justo en ese momento se atravesó una carta que remarcaba y recordaba las miles de razones por las cuales había juntado este universo. Seguí adelante. En un par de semanas se produjo un espiral fuertísimo hasta finalizar el momento de la grabación. Todo lo que no se había movido en meses, se fundió en esos pocos días. Fue lindísimo. La pieza era corta y al mismo tiempo infinita…el tema, que va siendo deshilado por mí, lleva un constante diálogo amoroso con el chelo. El piano…un puente donde asir el corazón. Lograr afinar mi saxofón junto a un músico de la altura de Álvaro, no fue cosa fácil. En su momento me olvidé de ello, puse las manos en el instante profundo que da la esperanza y dejé que la impactante entrega de estos dos músicos, me arrastrara a ese rincón donde sólo caben los sueños.
“El último beso”
Leonardo Sandoval tiene la capacidad de conjuntar mis universos en uno sólo y desde ahí, arrastrarme al borde del llanto. Siempre ha sido así. 20 años atrás invadió mi espacio abriendo la puerta a ese abismo sonoro imposible de cerrar. Era claro que necesitaba de su oído absoluto, de su entrega fugaz, de su sonido en furia y su grito en cascada. Encontrar la pieza que nos uniría en un solo respiro llevó tiempo. Pasaron noches de vino tinto en “Las Lupitas”, hubo testigos, amigos, letras, canciones, la muerte del amigo, su sombra y ese vacío que aniquila. Vi en los ojos de Marcial Alejandro el hueco de la ausencia, el dolor imperceptible pero imposible. Así pasaban las madrugadas, así se iba ensamblando lo que más adelante quedaría atrapado en el tiempo. El cotidiano continuaba, los viajes y las ausencias. Entonces apareció la canción de Agustín Lara que encajaba perfecto en esta historia. El entendimiento fue como siempre lo había sido: evidente. La grabación fue un instante eterno, una sola toma en un profundo respiro…y siempre, al borde del llanto. La mirada sentenció lo que ya estaba dicho. Escuchamos la grabación y desaparecimos entre la bruma que provoca el silencio. Pasaron semanas para que me sentara a escuchar en calma la grabación, tenía un cierto miedo a lo indecible, pero todo estaba ahí y estaba bien. La textura del saxofón era arrebatada, el sonido se ahogaba en su propio laberinto, el piano…una entrega absoluta. Tenía al fin, la complicidad que tienen los besos cuando no imaginas que uno de ellos podría ser el último. Tal vez vuelvan a coincidir mis sonidos con el ir y venir de Leonardo Sandoval, tal vez no…por lo pronto, estaré en permanente espera.
“Quiéreme mucho”
Con Agustín Bernal uno aprende a permanecer en silencio…esperar a que las interminables cuerdas y su bello discurso lo llenen todo. Abismo…dos líneas melódicas abarcando tanto espacio, un mismo respirar y la certeza de remarcar todo aquello en lo que uno cree. Me falta el aliento y no tengo claridad. La vida avanza un paso adelante riéndose de mí. Sólo el grito que se esconde en el centro del corazón, es capaz de sacudir la huída. Seguimos en pie. ¿Qué tanto sabré querer? Resuena mi extraviado saxofón en súplica y en secreto, quiéreme mucho y tanto, que mientras la vida va pasando detrás del misterio, yo voy averiguando dónde acomodar aquel amor que le roba el suspiro a mi esperanza.
“Toda una vida”
Ciudad. Gritos y lamentos. Laberinto de sonidos imposibles de olvidar. Un organillo que penetra sin piedad y una historia atravesando el mar. El canto permanece. ¿Cómo se descifra el tiempo, el alma y la profundidad de un sonido así? ¿Cómo se invade y por qué hacerlo? Porque hay que gritar para sanar lo andado. Por irrumpir y violentar la inmovilidad. Así fue que acuchillé aquel sonido de calle y misterio, navegando por las heridas del infinito citadino. Fui tejiendo entre aquella resonancia los ecos de mi entendimiento, fui descubriendo dónde embonar, dónde permanecer, dónde finalmente renacer de la furia incontrolable de seguir aquí. Así pasan los días, con el corazón a la espera de que esta vida, siga siendo suficiente.
“Vete de mí”
Huir hacia ningún lugar. Que de los laberintos del corazón, no hay por qué escapar.
“Bésame mucho”
Cuando llevamos en el aliento la letra de esta canción, la melodía se incrusta como un suave tatuaje entre sangre y piel. La ternura vuelve a ser el hilo invisible que marca el sendero hacia ningún lugar. Espacio perdido entre mi abrazo y el vacío. Y así como sólo existe un par de cicatrices que embonan perfectamente en mis antebrazos, así mismo sólo existe un par de labios capaces de fundirse en mi respirar. Canadá…más lejos no me pude escapar. La reconstrucción de todo lo que había sido hasta entonces. El ir juntando los pedazos del alma rota, ensamblarlos cuidadosamente y asirlos a la música. La distancia es insoportable. La lejanía y la espera, goteo candente dentro de la herida. De pronto, aves naciendo por debajo del hielo, vuelo extendido en caída libre. Y ahí estaba yo, encontrando el lugar exacto dónde pertenecer. Besando el sonido, la tierra, la palabra, la incertidumbre y la humedad. El camino se había enderezado y sabía por dónde caminar. Don Thompson… nunca tuve un maestro mejor. Me empujó al abismo y me enseñó a levantarme una y otra vez hasta hacer cicatrizar la duda. Cada sonido, por absurdo que fuera, era el mío y esa era la justa dimensión de su valor, al menos lo era para mí…lo sigue siendo. El maestro me acompañó en mis últimos respiros por aquellos lagos de voces sin ruido. Por la nieve interminable de la espera, eco transparente del llorar. Había llegado el tiempo de volver, el aire tibio, la mirada puesta al Sur. Tuve que decir adiós y dejar atrás aquel abrazo frágilmente construido. Pero tenía una deuda inmensa de besos que pagar y a mi regreso, un par de labios dispuestos a recomenzar.
Sibila de Villa 2006
“Por qué”
La cantaba mi abuela, la canta mi madre de una bellísima manera. Esta canción fue llenando de luz los rincones del tiempo, las reuniones familiares, de amigos, de alcohol y amaneceres. Supe que la grabaría cuando en mi estudio y en mi soledad, resonaron en infinito las cuerdas del piano en simpatía con mi saxofón. (Técnicamente, se mantiene el pedal sustain del piano. Esto permite que las cuerdas queden suspendidas en el aire y al recibir las ondas sonoras del saxofón, vibren en perfecta armonía. Por ello se dice que vibran en simpatía…en un solo abrazo). Entendí de inmediato que las manos y magia que rebasarían mi felicidad, tendrían que ser las de Héctor Infanzón y el hermosísimo piano que abarca prácticamente toda su habitación. De inmediato accedió y se dejó llevar por mi necedad de ser. Resultaría imposible poner en letras y palabras la admiración que tengo por él. Senderos y encrucijadas de tantos años. Pero es hasta ahora que coincidimos en un mismo camino pintado de armonía y respeto, de escuchar, callar, perder y encontrar. En esta grabación aprendí a enfrentar a mis propios demonios llenándolos de besos y cantos, a danzar con ellos sin ritmo ni pausa. Estaba simplemente frente a tantos sonidos encontrando en el silencio una razón más para existir. La introducción evoca el respiro profundo que esconde el infinito interior, después deshojamos el tema, nos extraviamos en una improvisación que nos llevó a conocer la ternura del otro, cerramos en círculo al terminar en el punto exacto del comienzo. Nos extraviamos al explorar nuestros secretos y al ser cómplices de la ausencia que fue dejando aquel mes de enero.
“Muy a mi pesar”
Terminaba de grabar el programa de Armando Manzanero en el canal 22, cuando me acerqué al maestro para expresarle mi deseo de incorporar uno de sus temas en mi disco. Tenía pensado grabar “El Ciego”, tema que me ha acompañado desde siempre en mis primeros solos de saxofón. Le pregunté los procedimientos para entender los derechos de autor, me contestó que sólo tenía que grabarlo, nada más…entonces vino un silencio y luego la magia: me dijo en su hermoso tono yucateco que tenía un tema inédito y que le podría quedar muy bien al saxofón soprano, preguntó si lo quería, la respuesta era evidente. Claro que lo quise y cada vez lo quise más. Perseguí a sus asistentes por más de dos semanas hasta que recibí un caset con el maestro al piano tarareando la melodía. Nunca supe lo que el texto decía, pero los sonidos me fueron suficientes. Entonces pensé en los amigos músicos: Rosino Serrano, haría arreglo y piano, Álvaro Bitrán desgarraría la profundidad con su chelo. El resto del camino trazado para llegar al punto de la grabación, fue un laberinto interminable difícil de transcribir. En varios momentos estuvo a punto de perderse la energía vital que había dado vida a este impulso. Los tiempos no coincidían, las ganas se revertían, las distancias eran abismales y los tiempos para ensamblarnos simplemente no existían…una profunda enseñanza de paciencia y coherencia…un día acaricié la posibilidad de cancelar esta pieza y justo en ese momento se atravesó una carta que remarcaba y recordaba las miles de razones por las cuales había juntado este universo. Seguí adelante. En un par de semanas se produjo un espiral fuertísimo hasta finalizar el momento de la grabación. Todo lo que no se había movido en meses, se fundió en esos pocos días. Fue lindísimo. La pieza era corta y al mismo tiempo infinita…el tema, que va siendo deshilado por mí, lleva un constante diálogo amoroso con el chelo. El piano…un puente donde asir el corazón. Lograr afinar mi saxofón junto a un músico de la altura de Álvaro, no fue cosa fácil. En su momento me olvidé de ello, puse las manos en el instante profundo que da la esperanza y dejé que la impactante entrega de estos dos músicos, me arrastrara a ese rincón donde sólo caben los sueños.
“El último beso”
Leonardo Sandoval tiene la capacidad de conjuntar mis universos en uno sólo y desde ahí, arrastrarme al borde del llanto. Siempre ha sido así. 20 años atrás invadió mi espacio abriendo la puerta a ese abismo sonoro imposible de cerrar. Era claro que necesitaba de su oído absoluto, de su entrega fugaz, de su sonido en furia y su grito en cascada. Encontrar la pieza que nos uniría en un solo respiro llevó tiempo. Pasaron noches de vino tinto en “Las Lupitas”, hubo testigos, amigos, letras, canciones, la muerte del amigo, su sombra y ese vacío que aniquila. Vi en los ojos de Marcial Alejandro el hueco de la ausencia, el dolor imperceptible pero imposible. Así pasaban las madrugadas, así se iba ensamblando lo que más adelante quedaría atrapado en el tiempo. El cotidiano continuaba, los viajes y las ausencias. Entonces apareció la canción de Agustín Lara que encajaba perfecto en esta historia. El entendimiento fue como siempre lo había sido: evidente. La grabación fue un instante eterno, una sola toma en un profundo respiro…y siempre, al borde del llanto. La mirada sentenció lo que ya estaba dicho. Escuchamos la grabación y desaparecimos entre la bruma que provoca el silencio. Pasaron semanas para que me sentara a escuchar en calma la grabación, tenía un cierto miedo a lo indecible, pero todo estaba ahí y estaba bien. La textura del saxofón era arrebatada, el sonido se ahogaba en su propio laberinto, el piano…una entrega absoluta. Tenía al fin, la complicidad que tienen los besos cuando no imaginas que uno de ellos podría ser el último. Tal vez vuelvan a coincidir mis sonidos con el ir y venir de Leonardo Sandoval, tal vez no…por lo pronto, estaré en permanente espera.
“Quiéreme mucho”
Con Agustín Bernal uno aprende a permanecer en silencio…esperar a que las interminables cuerdas y su bello discurso lo llenen todo. Abismo…dos líneas melódicas abarcando tanto espacio, un mismo respirar y la certeza de remarcar todo aquello en lo que uno cree. Me falta el aliento y no tengo claridad. La vida avanza un paso adelante riéndose de mí. Sólo el grito que se esconde en el centro del corazón, es capaz de sacudir la huída. Seguimos en pie. ¿Qué tanto sabré querer? Resuena mi extraviado saxofón en súplica y en secreto, quiéreme mucho y tanto, que mientras la vida va pasando detrás del misterio, yo voy averiguando dónde acomodar aquel amor que le roba el suspiro a mi esperanza.
“Toda una vida”
Ciudad. Gritos y lamentos. Laberinto de sonidos imposibles de olvidar. Un organillo que penetra sin piedad y una historia atravesando el mar. El canto permanece. ¿Cómo se descifra el tiempo, el alma y la profundidad de un sonido así? ¿Cómo se invade y por qué hacerlo? Porque hay que gritar para sanar lo andado. Por irrumpir y violentar la inmovilidad. Así fue que acuchillé aquel sonido de calle y misterio, navegando por las heridas del infinito citadino. Fui tejiendo entre aquella resonancia los ecos de mi entendimiento, fui descubriendo dónde embonar, dónde permanecer, dónde finalmente renacer de la furia incontrolable de seguir aquí. Así pasan los días, con el corazón a la espera de que esta vida, siga siendo suficiente.
“Vete de mí”
Huir hacia ningún lugar. Que de los laberintos del corazón, no hay por qué escapar.
“Bésame mucho”
Cuando llevamos en el aliento la letra de esta canción, la melodía se incrusta como un suave tatuaje entre sangre y piel. La ternura vuelve a ser el hilo invisible que marca el sendero hacia ningún lugar. Espacio perdido entre mi abrazo y el vacío. Y así como sólo existe un par de cicatrices que embonan perfectamente en mis antebrazos, así mismo sólo existe un par de labios capaces de fundirse en mi respirar. Canadá…más lejos no me pude escapar. La reconstrucción de todo lo que había sido hasta entonces. El ir juntando los pedazos del alma rota, ensamblarlos cuidadosamente y asirlos a la música. La distancia es insoportable. La lejanía y la espera, goteo candente dentro de la herida. De pronto, aves naciendo por debajo del hielo, vuelo extendido en caída libre. Y ahí estaba yo, encontrando el lugar exacto dónde pertenecer. Besando el sonido, la tierra, la palabra, la incertidumbre y la humedad. El camino se había enderezado y sabía por dónde caminar. Don Thompson… nunca tuve un maestro mejor. Me empujó al abismo y me enseñó a levantarme una y otra vez hasta hacer cicatrizar la duda. Cada sonido, por absurdo que fuera, era el mío y esa era la justa dimensión de su valor, al menos lo era para mí…lo sigue siendo. El maestro me acompañó en mis últimos respiros por aquellos lagos de voces sin ruido. Por la nieve interminable de la espera, eco transparente del llorar. Había llegado el tiempo de volver, el aire tibio, la mirada puesta al Sur. Tuve que decir adiós y dejar atrás aquel abrazo frágilmente construido. Pero tenía una deuda inmensa de besos que pagar y a mi regreso, un par de labios dispuestos a recomenzar.
Sibila de Villa 2006
Tania Molina। La Jornada. 2006
Es un homenaje a su padre y "a lo que nos queda por vivir", señala la saxofonista.
Camposanto es un disco que parte del principio de mi sanación: Sibila de Villa.
Contiene temas de Armando Manzanero; la acompañan jazzistas como Héctor Infanzón.
TANIA MOLINA RAMIREZ
Me siento llena de laberintos, de torbellinos, dice Sibila en entrevista. La saxofonista y flautista Sibila de Villa tiene el valor de mirar la melancolía de frente y sumergirse en ella. De ahí nace su primer disco, Camposanto... del nado en aguas profundas.
La producción es un homenaje a su padre, que murió hace 20 años, y, al mismo tiempo, "a lo que nos queda por vivir", expresa.
"La melancolía es la felicidad de estar triste", cita Sibila al escritor Víctor Hugo. "La entiendo como un espacio amoroso. No como algo que te paralice, sino como espacio de sanación; un espacio muy noble para escarbar dentro de uno mismo; un espacio para pensar", sigue en entrevista.
El disco lo realizó con músicos que conoce de tiempo atrás, varios de ellos reconocidos artistas: los pianistas Héctor Infanzón, Rosino Serrano, Leonardo Sandoval y Omar Ortiz; Alvaro Bitrán (chelo), Agustín Bernal (contrabajo); Alejandro Campos (saxofón alto y saxofón tenor).
Hay, también, una participación del canadiense Don Thompson, con quien interpretó, en concierto, Bésame mucho.
El disco contiene temas de compositores mexicanos, como Muy a mi pesar (Armando Manzanero), Vete de mí (Homero y Virgilio Expósito) y El último beso (Agustín Lara). Son canciones "atadas a mi historia, me es natural interpretarlas", cuenta Sibila.
Cuando terminó el proceso de creación del disco "fue un respiro profundo; como decir, ahí está lo que amorosamente puedo hacer'".
Su padre fue un hombre conservador que estuvo en contra de que ella fuese música. "Quería protegerme, desde su concepción de la realidad."
La reconciliación llegó al final. "Antes de morir, me dijo: 'hasta ahora comprendo tu manera de vivir y está bien'".
Camposanto es un disco fuera de lo común. Las interpretaciones son de una originalidad sorprendente. Por poner un ejemplo, para el tema de Toda una vida (Osvaldo Farrés) grabó a varios cilindreros en las calles de la ciudad de México hasta que escogió el sonido de César Valdéz, de la plaza de Coyoacán. Después, cuenta, "me costó mucho trabajo integrarme al alma de la música del organillero". Lo logró. La canción evoca la melancolía con tal fuerza que parecería materializarla. El cilindrero aparece, fantasmal, lo persigue el saxofón... van uno tras el otro.
Calidad musical con aire artesanal
Camposanto tiene excelente calidad musical y, a la vez, un aire artesanal. Las fotografías en el disco fueron tomadas por la saxofonista: la sierra Tarahumara, las cataratas del Niágara, las termas de Caracala y los bosques de Quebec.
El disco es una coproducción con PyP, que se quedó con la mitad de la producción.
Sibila de Villa recalca la importancia que tiene para ella lo que hace y que sea de manera independiente. Se arriesga a hacer lo que le gusta, lucha por seguir el camino de lo que cree. Esta producción, en particular, "parte del principio de que me sane; si a alguien más le gusta, qué lindo".
Hace poco estuvo en Radio Educación y una radioescucha, de 74 años, habló, conmovida, para preguntar cómo podía conseguir el disco. Sibila le explicó que directamente a través de ella. "Cuando hice el disco, fue una cosa muy personal; me significa mucho que al menos en una persona hiciera eco."
No sólo eso. También le gusta tener contacto personal con quienes compran el disco.
Sibila de Villa nació hace 38 años en Torreón, Coahuila, y se crió en Tepoztlán. Su madre la metió a clases de todo. La música la atrajo: "Me sentía libre; ahí podía fluir".
La primera impresión fuerte la tuvo a los 13 años, al escuchar en vivo a un flautista: "Vi el sonido en azul". Para sorpresa suya, años más tarde, un maestro de la Escuela Nacional de Música (estudió flauta transversa) le comentó que el color de la flauta es el azul.
A lo largo de su trayectoria musical, Sibila ha participado en varios proyectos: formó parte del grupo roquero Flor de Metal y ha colaborado con Astrid Hadad desde hace 16 años. Grabó dos discos con el grupo Arcana y participó en uno de Roberto González.
Estudió el saxofón alto en Canadá.
Ahora, la cantante Liliana Felipe (en el clarinete) y ella forman un "dueto muy libre" y se salen a la calle a tocar.
Como se ve, Sibila no es una mujer exclusivamente sumergida en la melancolía. Su mundo sentimental y musical es mucho más amplio.
Camposanto tiene excelente calidad musical y, a la vez, un aire artesanal. Las fotografías en el disco fueron tomadas por la saxofonista: la sierra Tarahumara, las cataratas del Niágara, las termas de Caracala y los bosques de Quebec.
El disco es una coproducción con PyP, que se quedó con la mitad de la producción.
Sibila de Villa recalca la importancia que tiene para ella lo que hace y que sea de manera independiente. Se arriesga a hacer lo que le gusta, lucha por seguir el camino de lo que cree. Esta producción, en particular, "parte del principio de que me sane; si a alguien más le gusta, qué lindo".
Hace poco estuvo en Radio Educación y una radioescucha, de 74 años, habló, conmovida, para preguntar cómo podía conseguir el disco. Sibila le explicó que directamente a través de ella. "Cuando hice el disco, fue una cosa muy personal; me significa mucho que al menos en una persona hiciera eco."
No sólo eso. También le gusta tener contacto personal con quienes compran el disco.
Sibila de Villa nació hace 38 años en Torreón, Coahuila, y se crió en Tepoztlán. Su madre la metió a clases de todo. La música la atrajo: "Me sentía libre; ahí podía fluir".
La primera impresión fuerte la tuvo a los 13 años, al escuchar en vivo a un flautista: "Vi el sonido en azul". Para sorpresa suya, años más tarde, un maestro de la Escuela Nacional de Música (estudió flauta transversa) le comentó que el color de la flauta es el azul.
A lo largo de su trayectoria musical, Sibila ha participado en varios proyectos: formó parte del grupo roquero Flor de Metal y ha colaborado con Astrid Hadad desde hace 16 años. Grabó dos discos con el grupo Arcana y participó en uno de Roberto González.
Estudió el saxofón alto en Canadá.
Ahora, la cantante Liliana Felipe (en el clarinete) y ella forman un "dueto muy libre" y se salen a la calle a tocar.
Como se ve, Sibila no es una mujer exclusivamente sumergida en la melancolía. Su mundo sentimental y musical es mucho más amplio.
La flauta representa la esperanza
Para ella, cada instrumento refleja una parte de su personalidad. Sin afán de encasillar, dice que la flauta le representa la confianza, la esperanza. Es un instrumento muy noble, "lo retomo, tras un tiempo, y está siempre esperando". Como la esperanza, "está siempre ahí".
El saxofón alto le representa "la irresponsabilidad", el "actuar sin razonar... saber que las consecuencias pueden ser lastimosas, pero de todos modos hacerlo", como cuando uno ama a alguien sabiendo que le hará daño.
El saxofón soprano es ir "hacia la libertad; la elegancia de caminar con quietud". Habla con admiración del "caminar de los músicos" a los que se les ve que encontraron "paz de alma". Ella, dice, apenas hace exploraciones para encontrarla. "Me siento llena de laberintos, torbellinos. Encuentro remansos de paz, pero no es la constante."
Para contactar a Sibila de Villa: sibiladevilla@yahoo.com.
Para ella, cada instrumento refleja una parte de su personalidad. Sin afán de encasillar, dice que la flauta le representa la confianza, la esperanza. Es un instrumento muy noble, "lo retomo, tras un tiempo, y está siempre esperando". Como la esperanza, "está siempre ahí".
El saxofón alto le representa "la irresponsabilidad", el "actuar sin razonar... saber que las consecuencias pueden ser lastimosas, pero de todos modos hacerlo", como cuando uno ama a alguien sabiendo que le hará daño.
El saxofón soprano es ir "hacia la libertad; la elegancia de caminar con quietud". Habla con admiración del "caminar de los músicos" a los que se les ve que encontraron "paz de alma". Ella, dice, apenas hace exploraciones para encontrarla. "Me siento llena de laberintos, torbellinos. Encuentro remansos de paz, pero no es la constante."
Para contactar a Sibila de Villa: sibiladevilla@yahoo.com.
Antonio Malacara. La Jornada. 2006
Camposanto de Sibila de Villa
DESPUES DE LARGA batalla contra los demonios personales que cada uno anda arrumbando entre closets y desvanes, Sibila de Villa se decidió a presentar un primer disco solista, Camposanto, y el resultado es, metáforas aparte, un impresionante haz de luz que nos muestra los diferentes rostros y la excelente salud de la música popular contemporánea en este país.
DEDICADO A LA memoria de su padre, y como buena fotógrafa que es, la Sibila saxofonista se va directamente a los sonidos visuales, llegando inclusive a verdaderos despliegues cinematográficos en temas como Vete de mí, el clásico de Homero y Virgilio Expósito donde los saxos alto y tenor de Alejandro Campos, uno de los invitados a la liturgia, se funden en delicados dúos de antología con los saxos y las flautas de su anfitriona, logrando que la melodía original se deje apenas entrever en medio del brillante arreglo de Alejandro Velasco.
Y ESTO ES sólo con uno de los convocados, porque cada uno de los siete temas que conforman este culto es abordado con diferentes instrumentistas, sean del jazz o de la vanguardia sin etiquetas, sean como parte de los diferentes dúos o como arreglistas, pero todos indiscutibles maestros de nuestro tiempo, ahí están Héctor Infanzón, Rosino Serrano, Agustín Bernal, Omar Ortiz, Leonardo Sandoval, Alvaro Bitrán, Jorge Coco Bueno, Alejandro Velasco, Alejandro Campos, Don Thompson y un invitado de (todavía más) lujo: César Valdez, organillero que da vuelta a la manivela para entretejer Toda una vida junto a Sibila y Omar.
LAS SIETE PIEZAS son boleros, unos de evidente fama y fortuna popular, y otros que más bien son rarezas, como El último beso, de Agustín Lara, la cual sólo habíamos escuchado en un disco antiquérrimo en la voz de Juan Arvizu. Aparecen además temas de Armando Manzanero, Jorge del Moral, Osvaldo Farrés, Consuelo Velásquez y Gonzalo Roig; este último, sí, con Quiéreme mucho, que pudiera haber resultado un lugar común, de no ser por la exquisitez musical con que Agustín Bernal acostumbra firmar.
EN GENERAL, LOS fraseos de Sibila de Villa son tan sencillos como intensos; con esa difícil sencillez que sólo se logra después de años de trabajo; con esa intensidad que nunca se despeña, ni por accidente ni por vocación de abismo, que se mantiene flotando ahí, en la espiral que rediseña el bolero en turno, en la siempre efímera eternidad del jazz.
Y ME PERMITO la licencia de enjazzarla, porque a pesar de que esta mujer nunca se ha asumido como jazzista (al menos no lo había hecho hasta hace algunos meses, después de deambular entre la trova y las canciones de Liliana Felipe y Astrid Hadad), estoy seguro que el contenido de este compacto no puede encontrar mejor acomodo (para su rápida localización, por supuesto) que en el apartado que una fonoteca dedica al jazz.
LA EVIDENTE MELANCOLIA con que la saxoflautista construyó este disco, es anunciada desde la dedicatoria en la portada. Aunque resulta evidente que no se trata de la melancolía que refunde a perpetuidad en la depresión, sino de aquella que, tibia y con calma, te conduce al descubrimiento de los claroscuros y su belleza. Salud.
amalacara@prodigy.net.mx
DEDICADO A LA memoria de su padre, y como buena fotógrafa que es, la Sibila saxofonista se va directamente a los sonidos visuales, llegando inclusive a verdaderos despliegues cinematográficos en temas como Vete de mí, el clásico de Homero y Virgilio Expósito donde los saxos alto y tenor de Alejandro Campos, uno de los invitados a la liturgia, se funden en delicados dúos de antología con los saxos y las flautas de su anfitriona, logrando que la melodía original se deje apenas entrever en medio del brillante arreglo de Alejandro Velasco.
Y ESTO ES sólo con uno de los convocados, porque cada uno de los siete temas que conforman este culto es abordado con diferentes instrumentistas, sean del jazz o de la vanguardia sin etiquetas, sean como parte de los diferentes dúos o como arreglistas, pero todos indiscutibles maestros de nuestro tiempo, ahí están Héctor Infanzón, Rosino Serrano, Agustín Bernal, Omar Ortiz, Leonardo Sandoval, Alvaro Bitrán, Jorge Coco Bueno, Alejandro Velasco, Alejandro Campos, Don Thompson y un invitado de (todavía más) lujo: César Valdez, organillero que da vuelta a la manivela para entretejer Toda una vida junto a Sibila y Omar.
LAS SIETE PIEZAS son boleros, unos de evidente fama y fortuna popular, y otros que más bien son rarezas, como El último beso, de Agustín Lara, la cual sólo habíamos escuchado en un disco antiquérrimo en la voz de Juan Arvizu. Aparecen además temas de Armando Manzanero, Jorge del Moral, Osvaldo Farrés, Consuelo Velásquez y Gonzalo Roig; este último, sí, con Quiéreme mucho, que pudiera haber resultado un lugar común, de no ser por la exquisitez musical con que Agustín Bernal acostumbra firmar.
EN GENERAL, LOS fraseos de Sibila de Villa son tan sencillos como intensos; con esa difícil sencillez que sólo se logra después de años de trabajo; con esa intensidad que nunca se despeña, ni por accidente ni por vocación de abismo, que se mantiene flotando ahí, en la espiral que rediseña el bolero en turno, en la siempre efímera eternidad del jazz.
Y ME PERMITO la licencia de enjazzarla, porque a pesar de que esta mujer nunca se ha asumido como jazzista (al menos no lo había hecho hasta hace algunos meses, después de deambular entre la trova y las canciones de Liliana Felipe y Astrid Hadad), estoy seguro que el contenido de este compacto no puede encontrar mejor acomodo (para su rápida localización, por supuesto) que en el apartado que una fonoteca dedica al jazz.
LA EVIDENTE MELANCOLIA con que la saxoflautista construyó este disco, es anunciada desde la dedicatoria en la portada. Aunque resulta evidente que no se trata de la melancolía que refunde a perpetuidad en la depresión, sino de aquella que, tibia y con calma, te conduce al descubrimiento de los claroscuros y su belleza. Salud.
amalacara@prodigy.net.mx
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